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Todo el Evangelio a Todo el Mundo

 

Por Julio César Clavijo Sierra
 
 
Nota: Este artículo, es la primera ponencia del debate titulado "Recibir el Espíritu Santo con la Evidencia de Hablar en Nuevas Lenguas. ¿Requisito Indispensable para ser Salvo?", que fue llevado a cabo en el mes de septiembre de 2009 en el foro Pentecostales Apostólicos del Nombre, y que puede ser leído en su totalidad, dando clic en este enlace:  
 
 
INTRODUCCIÓN

La paga del pecado es muerte (Romanos 6:23) y “la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Romanos 5:12). Así que la salvación ofrecida por Dios, puede definirse como el regalo que Dios ha provisto para los hombres con el propósito de librarlos del poder y de los efectos del pecado. La Escritura dice de aquellos quienes han aceptado el plan de Dios: “Pero gracias a Dios, que aunque erais esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados; y libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia” (Romanos 6:17-18).

Al hablar sobre el Plan de Salvación, es necesario declarar que el Dios de amor está interesado en la salvación de todos los hombres, pues Él “quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (1. Timoteo 2:4). Dios mismo ha declarado: “Porque no quiero la muerte del que muere, dice Jehová el Señor; convertíos, pues, y viviréis” (Ezequiel 18:32). Y “no quiero la muerte del impío, sino que se vuelva el impío de su camino, y que viva” (Ezequiel 33:11). La Biblia declara que es tanta su misericordia para con nosotros, que el misterio de la piedad [del amor, de la misericordia de Dios] se resume en que Dios fue manifestado en carne (1. Timoteo 3:16), con el fin de proveernos del Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Juan 1:29), del hombre perfecto (Efesios 4:13), del Hijo de Dios (Lucas 1:32-35, Juan 3:16-17) que traería a muchos más hijos al Reino de Dios (Hebreos 2:10); los cuales al creer en Él serían salvos, pues “en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hechos 4:11-12). Jesús es Emanuel (Mateo 1:23) o Dios mismo con nosotros (manifestado en carne) proveyendo su salvación (Mateo 1:21), y cumpliendo las profecías antiguas de que Dios mismo se manifestaría en la carne para venir a salvar. “Y se dirá en aquel día: He aquí, éste es nuestro Dios, le hemos esperado, y nos salvará; éste es Jehová a quien hemos esperado, nos gozaremos y nos alegraremos en su salvación” (Isaías 25:9).

La salvación es un regalo de Dios para el hombre, “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” (Efesios 2:8-9). “Justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Jesucristo, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre” (Romanos 3:24-25). “Nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia...” (Tito 3:5). Así que el hombre no puede alcanzar su propia salvación por algún método humano, sino sólo por obedecer el plan de Dios. Al hombre le corresponde aceptar o rechazar la obra que Dios quiere hacer a su favor para salvarle, y de ahí la importancia de que nosotros conozcamos claramente lo que Dios demanda de nosotros.

Ya que Dios está interesado en salvar, Él ha dado la capacidad a los seres humanos de aceptar o rechazar su salvación. Sin embargo, mucha gente se perderá, porque “no todos obedecieron al evangelio” (Romanos 10:16). El llamamiento se extiende a todos (Mateo 11:28; Apocalipsis 22:17), pero solo aquellos que responden positivamente serán salvos. “Y esta es la condenación: que la luz [Jesús] vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas” (Juan 3:19:20). El hombre tiene la responsabilidad de aceptar la salvación, “de modo que no tienen excusa” (Romanos 1:20).

LOS REQUISITOS DE LA SALVACIÓN

Al hablar del plan de salvación para la Iglesia o del plan de salvación neotestamentario, debemos entender que éste entró en vigencia a partir del Día de Pentecostés cuando nació la iglesia (Hechos 2) y no antes. Los santos que vivieron en el tiempo del Antiguo Testamento no fueron salvos de la misma manera en que lo somos nosotros en este tiempo de la Gracia, pues Dios tenía preparado para su iglesia un mejor pacto establecido sobre mejores promesas (Hebreos 8:6, 11:40). Por eso es un anacronismo presentar casos de salvación en el Antiguo Testamento, para intentar negar los requisitos del plan de salvación neotestamentario, como por ejemplo, cuando se cita que el ladrón que estuvo crucificado al lado de Jesús fue salvo sin necesidad de haberse bautizado en el nombre de Jesús, trazando indoctamente la Palabra de Verdad (2. Timoteo 2:15), por no entender que el mandamiento del bautismo en el nombre fue dado luego de la resurrección de Cristo (Mateo 28:19, Marcos 16:16).

El Nuevo Testamento demanda que nosotros cumplamos con distintos requisitos si deseamos ser salvos. Ninguno de los requisitos de la salvación neotestamentaria atenta contra la gracia de Dios, pues sólo por su gracia somos salvos. Del mismo modo, ninguno de los requisitos de salvación consiste en una obra de justicia del hombre (Tito 3:5), pues el hombre lo único que hace es obrar por fe, para cumplir con cada uno de estos requisitos exigidos por Dios, pero Dios es el que hace la obra de salvación. Por tanto es por fe, para que sea por gracia (Romanos 4:16).

Todos estos requisitos se complementan de manera perfecta y nunca se contradicen. De tal forma que no debemos enfatizar tanto en un solo requisito, que pasemos por alto o ignoremos la importancia de los demás. Hoy en día, son muchos los que han cometido el error de utilizar textos bíblicos aislados (ignorando el contexto) para decir que la salvación se puede obtener con cumplir solamente con uno (o algunos) de estos requisitos, pero no enfatizan en la verdad completa.

Por ejemplo, algunos toman aisladamente algún texto bíblico que diga que uno es salvo por creer (por ejemplo Hebreos 4:3), y entonces concluyen arbitrariamente que uno es salvo sólo por creer, cambiando el significado bíblico de creer y definiéndolo como un simple asentimiento mental de que Jesús es el salvador del mundo, pero nunca enseñan la importancia del arrepentimiento y del andar en novedad de vida. Otros toman aisladamente textos que enseñan que uno es salvo por invocar el nombre de Jesús (como Hechos 2:21 y Romanos 10:13), y concluyen erróneamente que con sólo decir con nuestra boca: ¡Jesús! uno ya es salvo, así uno no crea que Jesús es el salvador, ni haya experimentado un verdadero arrepentimiento. De manera que debemos estar atentos para no dejarnos engañar por las falsas doctrinas, a fin de cumplir con todo lo que Dios demanda de nosotros.

Si deseamos ser salvos, debemos tener fe en que Dios está dispuesto a salvarnos, pues “sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan” (Hebreos 11:6). Otros muchos textos de la Escritura mencionan la importancia de la fe y la establecen como un requisito necesario para ser salvos. Por ejemplo, Hechos 15:9, 26:18; Romanos 1:17, 3:28-30, 4:16, 5:1-2; Gálatas 2:16, 3:7; 3:11, 3:26; Efesios 2:8, 3:12; 2. Tesalonicenses 2:13; 2. Timoteo 3:15; Hebreos 10:38, 11:6; 1. Pedro 1:5-9; 1. Juan 5:4.

Si deseamos ser salvos debemos creer en Jesús como nuestro salvador, lo que significa llegar a tener una confianza absoluta en Él, al comprender que en ningún otro hay salvación (Hechos 4:12), ya que Él es el Camino, la Verdad y la Vida (Juan 14:6). Los salvos hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo (Gálatas 2:16) y por lo tanto hemos entrado en el reposo (Hebreos 4:3). “El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios” (Juan 3:18). “Esta es la palabra de fe que predicamos: que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación” (Romanos 10:8-10). De acuerdo con Deuteronomio 30:14, alguien demuestra que cree en la Palabra de Dios, cuando la cumple o la pone en práctica en su propia vida.

Si deseamos ser salvos debemos invocar el nombre de Jesús, reconociendo que este es el nombre de Dios revelado para salvación en el Nuevo Testamento (Mateo 1:21, Hechos 4:12) y que es el nombre que está por encima de cualquier otro nombre (Filipenses 2:9-11). “Todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo” (Hechos 2:21, Romanos 10:13). “Pues la Escritura dice: Todo aquel que en Él creyere, no será avergonzado. Porque no hay diferencia entre judío y griego, pues el mismo que es Señor de todos, es rico para con todos los que le invocan” (Romanos 10:11-12).

Si deseamos ser salvos debemos arrepentirnos de nuestros pecados. Dios no quiere “que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2. Pedro 3:9) y la benignidad de Dios es la que guía a los hombres al arrepentimiento (Romanos 2:4). Dios manda a todos los hombres en todo lugar que se arrepientan (Hechos 17:30), pero el hombre es quien decide voluntariamente si desea venir o no al arrepentimiento. Así, el arrepentimiento es una decisión personal de responder al llamado de Dios reconociendo el pecado, sintiendo remordimiento por el pecado, confesando el pecado a Dios y decidiéndose a dejar el pecado a fin de vivir bajo la voluntad de Dios. Un verdadero arrepentimiento se refleja en frutos u obras dignas de arrepentimiento (Mateo 3:8, Hechos 26:20). Los salvos hemos recibido arrepentimiento para vida (Hechos 11:18, 20:21), pero los que no se han arrepentido perecerán (Lucas 13:3).

Si deseamos ser salvos debemos ser bautizados en agua en el nombre de Jesús para el perdón de los pecados (Hechos 2:38, 8:16, 10:48, 19:5, 22:16). Jesucristo dijo que el que creyere y fuere bautizado será salvo (Marcos 16:16) y enseñó que si no se nace del agua no se puede entrar en el Reino de Dios (Juan 3:5). El apóstol Pedro dijo que el bautismo nos salva (1. Pedro 3:21). El apóstol Pablo también indicó que Dios “nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración” (Tito 3:5), y dijo que la iglesia ha sido lavada, santificada y justificada en el nombre del Señor Jesús (1. Corintios 6:11). Jesús ha purificado a su iglesia por el lavamiento del agua por la Palabra (Efesios 5:26). Solo la fe en Dios, es la que nos permite obedecer el mandamiento divino de ser bautizados en agua en el nombre, para recibir el perdón de pecados.

Si deseamos ser salvos debemos ser bautizados con el Espíritu Santo, pues “si alguno no tiene el Espíritu de Cristo no es de Él” (Romanos 8:9). “Porque el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad” (2. Corintios 3:17). Jesús enseñó que el que no naciere del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios (Juan 3:5). Dios nos salvó por el Espíritu de nuestro Dios (Tito 3:5, 1. Corintios 6:11). El apóstol Pablo enseñó que los que son salvos han sido “marcados con el sello que es el Espíritu Santo prometido. Éste garantiza nuestra herencia hasta que llegue la redención final del pueblo adquirido por Dios, para alabanza de su gloria. (Efesios 1:13-14). Cuando recibimos el Espíritu Santo recibimos el Espíritu que nos adopta haciéndonos hijos de Dios, por el cual podemos clamar ¡Abba Padre! (Romanos 8:15, Gálatas 4:5-6). Además, el Espíritu Santo nos bautiza (o nos incluye) en el cuerpo de Jesucristo (1 Corintios 12:13) que es la Iglesia (Efesios 1:22-23). La evidencia inmediata, exterior, notable y audible de ser bautizado con el Espíritu Santo es hablar en nuevas lenguas (idiomas) según como el Espíritu de que se hable (Hechos 2:4, 10:44-48, 19:6).

Si deseamos ser salvos debemos convertirnos en hijos de Dios, perseverando en el evangelio de salvación. El apóstol Pedro predicó “así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio” (Hechos 3:19). La Iglesia primitiva perseveraba en la doctrina de los Apóstoles (Hechos 2:42). Dios dijo: “Mas el justo vivirá por fe; y si retrocediere, no agradará a mi alma” (Hebreos 10:38). Por eso debemos ocuparnos en nuestra salvación con temor y temblor (Filipenses 2:12), porque sólo “el que persevere hasta el fin este será salvo” (Mateo 10:22). La vida cristiana consiste en una vida de buenas obras (Santiago 2:14-26).

UN SOLO PLAN DE SALVACIÓN

La Santa Escritura presenta un solo Plan de Salvación para la iglesia del Nuevo Testamento (tanto para los judíos como para los gentiles) y es por obedecer el evangelio de Jesucristo con todos los requisitos de salvación que este exige. Los diferentes requisitos no hacen muchas salvaciones. El evangelio es “poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego. Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá” (Romanos 1:16-17). Por lo tanto el evangelio o la buena noticia de salvación se debe predicar completa, sin mutilaciones (negando algún requisito de salvación) o añadiduras (exigiendo requisitos no bíblicos). A pesar de lo que cada requisito de salvación logra individualmente, el mensaje total del evangelio es la unión completa de todos estos requisitos. El evangelio completo es la fe de Jesús, es creer en Jesús, es reconocer la importancia de la invocación del nombre de Jesús, es el verdadero arrepentimiento, es el bautismo en agua en el nombre de Jesús, es el bautismo del Espíritu Santo, es la conversión en hijos de Dios y la perseverancia en el evangelio de salvación a fin de no caer de la gracia.

Solo hay un Nuevo Nacimiento, y este consiste en nacer del agua y del Espíritu (Juan 3:3-8). Jesús habló de dos componentes del Nuevo Nacimiento, pero Él habló de un solo Nuevo Nacimiento, e indicó que si no se nace del agua y del Espíritu no se puede entrar en el Reino de Dios (Juan 3:5), ni tampoco se podrá ver este Reino (Juan 3:3). Por lo tanto se debe buscar el Nuevo Nacimiento completo, y no quedarse a la mitad del camino.

Solo hay un bautismo (Efesios 4:5), y este consiste en ser bautizados en agua en el nombre de Jesús para el perdón de los pecados y en ser bautizados con el Espíritu Santo (Hebreos 6:2). Por lo tanto, el bautismo cristiano tiene dos componentes, pero hay un solo bautismo. Juan el Bautista profetizó sobre la llenura del Espíritu Santo, llamándolo bautismo del Espíritu Santo (Mateo 3:11). Jesucristo dijo a sus discípulos “vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo” (Hechos 1:5) y los gentiles de la casa de Cornelio fueron bautizados con el Espíritu Santo (Hechos 11:14-16). Todos los creyentes somos bautizados (sumergidos, introducidos) por el Espíritu Santo en el cuerpo de Cristo que es la iglesia (1. Corintios 12:13). La Biblia se refiere tanto al bautismo en agua como al bautismo del Espíritu Santo cuando dice: “El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado” (Marcos 16:16). Asimismo cuando dice “Porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos” (Gálatas 3:27), cuando habla del bautismo como la señal del nuevo pacto o circuncisión espiritual que hemos recibido los miembros de la iglesia (Colosenses 2:11-13), y cuando dice que el bautismo simboliza la muerte, sepultura y resurrección de Cristo (Romanos 6:3-4).

Sólo hay una forma de ser hijos de Dios por creer en el nombre de Jesús (Juan 1:12, Juan 3:18), y esta consiste en arrepentirnos de nuestros pecados en el nombre de Jesús (Lucas 24:47), en ser bautizados en agua en el nombre de Jesús (Hechos 2:38), en recibir el Espíritu Santo en el nombre de Jesús (Juan 14:26, Marcos 16:17, Romanos 8:15, Gálatas 4:5-6) y en perseverar en la fe en el nombre de Jesús (Colosenses 3:17). El título de hijos de Dios, indica creación espiritual, pues todos los hombres no son hijos de Dios, sino únicamente aquellos que creen en el nombre de Jesús, son lo que reciben el poder de ser hechos hijos de Dios (Juan 1:12). Todos los que nacen de nuevo, del agua y del Espíritu (Juan 3.3-7), han nacido por la voluntad de Dios (Juan 1:13), tienen a Dios por Padre (Romanos 1:7, 1. Corintios 1:3) y llegan a ser hijos de Dios (Mateo 5:9, Lucas 20:36, Romanos 9:8, Gálatas 3:26, Filipenses 2:15, 1. Juan 3:2). El Padre ha demostrado su gran amor para que seamos llamados hijos de Dios (1. Juan 3:1), congregando en su iglesia a los hijos de Dios (Juan 11:52), y por eso todos los que son guiados por el Espíritu, estos son hijos de Dios (Romanos 8:14-21).

La Escritura también se refiere a la salvación como la entrada en el Reposo o Refrigerio que Dios da a los que le obedecen. “Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio, y Él envíe a Jesucristo, que os fue antes anunciado” (Hechos 3:19-20). “Pero los que hemos creído entramos en el reposo” (Hebreos 4:3), “Porque el que ha entrado en su reposo, también ha reposado de sus obras, como Dios de las suyas” (Hebreos 4:10). Consecuentemente, el profeta Isaías profetizó acerca del bautismo del Espíritu Santo con la señal de las lenguas, como el reposo prometido para su futura iglesia, “porque en lengua de tartamudos, y en extraña lengua hablará a este pueblo, a los cuales él dijo: Este es el reposo; dad reposo al cansado; y este es el refrigerio; mas no quisieron oír” (Isaías 28:11-12).
Publicado por Julio Cesar Clavijo Sierra en 17:48 

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